Crónica de un alargue: El breve milagro de estar vivos
- Jesús Valencia
- hace 3 días
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Hoy la tierra me recordó que la vida se vive sin preaviso.
Desde un octavo piso, sentí cómo el edificio comenzó un suave vaivén horizontal. Al principio fue apenas una duda; después, el movimiento adquirió esa gravedad que hace que el cuerpo comprenda antes que la razón.
Y llegó el pensamiento final.
No fue elaborado. No tuvo filosofía. Fue simplemente:
¿Será este el final?
Qué extraño es el final cuando deja de ser una idea y, por unos segundos, se convierte en una posibilidad física.
Uno descubre entonces que la vida entera puede reducirse a un instante. Todo lo que creemos importante —los planes, las discusiones, las ambiciones, las pequeñas vanidades, aquello que todavía queremos hacer— queda suspendido mientras la tierra decide qué hacer con nosotros.
Y quizá eso sea lo más desconcertante de estar vivos: nunca sabemos cuánto tiempo nos queda, pero vivimos como si hubiéramos firmado un contrato con la eternidad.
Hacemos proyectos para años. Guardamos palabras para después. Postergamos abrazos. Dejamos llamadas pendientes. Conservamos rencores como si fuéramos a vivir lo suficiente para justificarlos.
Hasta que la tierra tiembla.
Entonces comprendemos que el futuro no es una propiedad nuestra. Es apenas una posibilidad.
Cuando finalmente todo se aquietó, hubo un silencio extraño.
El mismo apartamento.
Las mismas paredes.
Las mismas cosas.
Pero algo había cambiado.
Yo.
Porque salir ileso de un terremoto no significa únicamente que el edificio resistió. Significa que, durante unos minutos, la muerte se sentó cerca de nosotros y luego se levantó sin llevarse a nadie.
Y uno queda mirándola irse con una gratitud difícil de explicar.
Quizá vivir sea precisamente eso: recibir cada día que llega como quien recibe algo que nunca estuvo obligado a recibir.
La vida no necesita ser eterna para ser extraordinaria.
Le basta un instante.
Este.
El que tenemos ahora.
Por eso hoy no quiero hablar de la magnitud del terremoto ni de cuánto se movió el edificio. Quiero hablar de algo mucho más pequeño y, al mismo tiempo, mucho más grande:
seguimos aquí.
Y mientras podamos seguir aquí, quizá valga la pena vivir con menos miedo, menos orgullo, menos rencor y mucho más asombro.
Porque cuando la tierra vuelve a quedarse quieta, uno comprende una verdad que ninguna biblioteca consigue explicar del todo:
estar vivos es el milagro cotidiano al que, por costumbre, hemos dejado de llamar milagro.
Hoy lo recuerdo.
Y por eso brindo por el instante.
Por este momento.
Por el simple, frágil y extraordinario milagro de estar aquí.








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